Fiesta de Halloween

Started by Ana.guerrera, October 31, 2025, 11:55:27 AM

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Ana.guerrera


La noche de Halloween se cernía sobre la ciudad como una sombra densa, con el viento susurrando enigmas entre las hojas caídas y las farolas parpadeando como ojos inquietos. La fiesta en el viejo caserón al borde de la urbe era un torbellino de disfraces llamativos, música ensordecedora y cuerpos que se rozaban en la penumbra, un escenario perfecto para el desenfreno. Marina, una pelirroja de piel clara como la porcelana, dominaba la sala con una presencia magnética. A sus 18 años, exudaba una seguridad salvaje: su disfraz de vampiresa —un corsé negro que resaltaba sus curvas con un escote vertiginoso, labios pintados de rojo sangre y colmillos falsos— era una declaración de poder, y sus movimientos sugerían que estaba lista para cualquier desafío. Alba, morena de cabello azabache y piel igualmente clara, se movía con una energía desafiante; su atuendo de bruja seductora —un vestido de terciopelo negro ceñido, con un escote profundo y un sombrero puntiagudo ladeado— proyectaba una audacia que invitaba a la confrontación. También de 18, su mirada era un desafío abierto, una chispa de rebeldía que no pedía permiso.
No se conocían, pero en medio del caos, sus ojos se cruzaron con una intensidad que cortó el aire. Marina estaba rodeada de un grupo ruidoso, riendo con desdén, cuando sintió la mirada de Alba desde el otro lado de la sala, fija y provocadora. No apartó la vista; en cambio, alzó una ceja y sonrió con arrogancia. Alba, con una mueca burlona, levantó su copa en un gesto irónico, sus labios moviéndose en una invitación muda: "Ven si te atreves". El ambiente se cargó de tensión, como si el humo y el calor de la fiesta se concentraran solo entre ellas. Marina sintió un fuego subir por su pecho, una mezcla de irritación y deseo de imponerse. Se apartó de su grupo con pasos firmes, atravesando la multitud sin titubear. Alba no se movió, pero su postura se endureció, lista para el enfrentamiento.
Cuando Marina se plantó frente a ella, el silencio entre ambas era casi tangible, a pesar del estruendo de la música. "¿Tienes algún problema?", soltó Marina, su voz cargada de desafío, los ojos entrecerrados. Alba se inclinó ligeramente, su escote rozando el aire con intención, y respondió con un susurro cortante: "Solo quiero ver si esa vampiresa muerde o solo ladra". Las palabras encendieron una chispa. Marina dio un paso adelante, invadiendo su espacio, y empujó a Alba con el hombro, un gesto agresivo pero controlado. Alba respondió con un codazo rápido en las costillas, sus labios curvándose en una sonrisa provocadora. Sus respiraciones se aceleraron, pechos subiendo y bajando en un ritmo que mezclaba hostilidad y una tensión erótica innegable. "¿Quieres probarlo?", gruñó Marina, su aliento cálido contra el rostro de Alba. "Fuera de aquí", replicó la bruja, con un brillo en los ojos que prometía caos. "Ahora".
Sin más palabras, abandonaron la fiesta como depredadoras en busca de presas. Marina salió primero, su capa ondeando como un estandarte de guerra, el pulso latiéndole con una excitación feroz. Alba la siguió de cerca, ajustando su sombrero con un gesto desafiante. Caminaron en silencio por las calles empedradas, dejando atrás las luces de la ciudad, hacia donde el asfalto se fundía con el bosque oscuro. El viento aullaba con fuerza, y la niebla comenzaba a trepar desde el suelo como dedos inquietos. Ninguna miró atrás; un instinto primal las guiaba, una llamada antigua que transformaba su audacia en urgencia.
Llegaron al claro del bosque, un círculo de tierra húmeda rodeado de árboles retorcidos como guardianes silenciosos. La luna plateada filtraba su luz a través de la niebla densa, casi viva, que se arremolinaba a su alrededor. Por un momento, se midieron con la mirada, la tensión estallando como un relámpago. Marina fue la primera en actuar: con un gruñido salvaje, se lanzó sobre Alba, sus uñas clavándose en la piel clara de la bruja, arañando el escote profundo del vestido de terciopelo y dejando surcos rojos que se llenaron de sangre caliente. Sus dedos se enredaron en el cabello azabache, tirando con fuerza brutal para arrancar mechones enteros, mientras Alba respondía con igual ferocidad, sus uñas afiladas rasgando el corsé negro de Marina desde el cuello hasta el vientre, exponiendo la piel pálida y los pechos turgentes que sangraban por cortes dolorosos. El tirón fue tan violento que el corsé se desgarró con un sonido seco, resonando en el claro.
No había piedad en sus ojos; solo un brillo sádico y una excitación primitiva que mezclaba dolor con placer oscuro. Alba agarró un puñado del cabello rojo fuego de Marina y lo jaló hacia atrás con saña, exponiendo su cuello, mientras con la otra mano arañaba sus muslos internos, dejando marcas profundas que ardían como brasas, rasgando la tela y llegando a la piel sensible debajo. Marina, jadeando de rabia y un éxtasis masoquista, contraatacó clavando sus colmillos falsos en el hombro de Alba —no lo suficiente para perforar del todo, pero sí para magullar y morder con fuerza, arrancando un grito de dolor mezclado con un gemido gutural de placer retorcido. Tiraron y arañaron sin tregua, rodando por la tierra húmeda, sus cuerpos entrelazados en una danza de violencia erótica que las consumía. El vestido de Alba se hizo jirones bajo las garras de Marina, quien ahora arañaba con furia los pechos expuestos de su rival, dejando huellas rojas en los pezones endurecidos por el frío y la adrenalina, tirando de ellos con dedos crueles para provocar más alaridos. Alba respondió mordiendo el lóbulo de la oreja de Marina, arrancando una gota de sangre, mientras sus uñas se clavaban en el vientre plano de la vampiresa, rasgando hacia abajo para exponer más piel y dejar surcos que sangraban copiosamente.
Exhaustas pero incansables, se separaron por un instante, jadeando, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo frenético, sus cuerpos cubiertos de sudor, tierra y sangre. Sus disfraces eran ya solo trapos destrozados colgando de sus formas curvilíneas, moretones floreciendo como sombras oscuras en su piel pálida. Con una sonrisa torcida en los labios —mezcla de sadismo y lujuria desenfrenada—, Marina se deshizo de su ropa interior negra con un gesto rápido, tirándola al suelo como un desafío. Alba, con los ojos brillando de un deseo erótico que no ocultaba, hizo lo mismo, quitándose su ropa interior con un movimiento lento y provocador, exponiendo su desnudez completa bajo la luna, su vello púbico oscuro contrastando con la palidez de su piel.
Ahora totalmente desnudas, sus cuerpos relucían con sudor, sangre y moretones que parecían tatuajes de guerra erótica. Giraron una alrededor de la otra como fieras en celo, acechando en círculo con pasos seguros, músculos tensos, pechos agitados y expuestos, el aire vibrando con una tensión sexual y violenta que las envolvía. De pronto, con un rugido compartido que retumbó en el bosque, se lanzaron de nuevo con fiereza incontrolable. Marina clavó sus uñas en los glúteos firmes de Alba, arañando hacia arriba por su espalda curvada, dejando surcos sangrantes que se curvaban como ríos rojos, mientras sus dientes se hundían en el cuello de la bruja, mordiendo con saña para dejar marcas profundas. Alba respondió mordiendo el pezón endurecido de Marina, tirando de él con dientes afilados hasta que un grito de agonía y placer escapó de sus labios, sus uñas rasgando los muslos internos de la vampiresa, llegando a zonas sensibles donde el dolor se mezclaba con roces íntimos que provocaban gemidos roncos.
Rodaron desnudas por el suelo una y otra vez, arañándose los pechos con furia —uñas clavadas en la carne blanda, tirando y pellizcando hasta que la sangre brotaba en gotas calientes—, los muslos internos marcados por patadas y arañazos que ardían como fuego, el vientre de cada una surcado por líneas rojas de violencia compartida. Sus cuerpos se presionaban en un enredo de extremidades sudorosas, donde el dolor se fundía con toques eróticos involuntarios: caderas chocando con fuerza, pechos aplastados uno contra el otro, fluidos corporales mezclándose con sangre en una orgía sádica de sensaciones. Puñetazos en las costillas que dejaban moretones pulsantes, patadas en las piernas que abrían heridas superficiales, tirones en zonas sensibles —dedos explorando y lastimando al mismo tiempo, clavándose en pliegues íntimos para provocar un éxtasis torturado—. Todo era un torbellino de violencia erótica, cada golpe una caricia cruel, cada arañazo un beso sádico, sus gemidos convirtiéndose en un coro de placer y dolor que el bosque absorbía.
Agotadas, con los cuerpos temblorosos y cubiertos de sudor, sangre y tierra, seguían peleando sin tregua, sus movimientos más lentos pero igual de feroces. Marina, con las uñas rotas y los pechos marcados por arañazos profundos, se lanzó de nuevo contra Alba, clavando los dedos en su espalda mientras sus dientes buscaban el cuello de la bruja en un mordisco desesperado. Alba, jadeando, respondió con un golpe en las costillas de la vampiresa, seguido de un tirón brutal de su cabello rojo, arrancando mechones mientras sus propias piernas temblaban por el esfuerzo. Sus cuerpos, desnudos y ensangrentados, seguían entrelazándose en la danza sádica, cada golpe y arañazo un eco de su furia inextinguible.
La niebla, que hasta ese momento las había envuelto como un manto cómplice, comenzó a desvanecerse con los primeros rayos del amanecer. Se disipó lentamente, como si el bosque mismo se rindiera ante la luz, revelando el claro vacío. Ni rastro de Marina ni de Alba. Ni sangre, ni jirones de tela, ni huellas en la tierra húmeda. Solo silencio, como si su pelea salvaje hubiera sido tragada por el alba, dejando tras de sí un misterio que el bosque guardaría para siempre.
En la ciudad, la fiesta continuó hasta el amanecer, y nadie notó su ausencia. Pero en las noches de Halloween que siguieron, el bosque cobró vida con un terror inquietante. Se escuchaban gritos de agonía y dolor que rasgaban el aire, ecos desgarradores que parecían surgir de las entrañas de la tierra. Los aldeanos, temblorosos, juraban ver la silueta de dos figuras entrelazadas en una rivalidad sin fin: la pelirroja Marina, con su capa destrozada, y la morena Alba, con su sombrero ladeado, peleando eternamente bajo la luz de la luna, sus sombras danzando en la niebla como un espectro de violencia y pasión que nunca encontraría paz.
I only wish to see your body destroyed

sugoishadows

Buena historia, gracias por publicar
I love fem vs fem, muscle mixed, stories, movies, manga.